La filtración de que el líder laborista estaba dispuesto a luchar contra sus rivales internos ahonda su debilidad tan solo 16 meses después de ganar las elecciones

Lo último que necesita un líder político hundido en la impopularidad, a punto de romper su mayor promesa electoral y sin apoyo interno, es debilitar todavía más su ya vulnerable posición y reforzar la de quien está considerado como potencial sucesor. Esto es exactamente lo que ha conseguido la guardia pretoriana del primer ministro británico, el laborista Keir Starmer, con una desmañada m...

aniobra que pretendía sofocar un supuesto asalto a su autoridad y que solo ha conseguido menoscabarla. El autosabotaje ha desgastado aún más el maltrecho liderazgo de Starmer, con una aprobación en mínimos históricos. Como guinda del pastel, el mandatario se ha tenido que disculpar ante su ministro de Sanidad, Wes Streeting, por intrigas cainitas, pese a mantener que él no había autorizado ninguna reprobación pública contra Streeting.

La crisis comenzó —como es habitual en el febril clima político del Reino Unido— con fuentes anónimas dispuestas a marcar una narrativa: la de que Starmer estaba dispuesto a luchar en caso de que sus compañeros trataran de deponerlo. Desde el círculo del premier se difundió el mensaje de que este daría la batalla. Y lanzaba una admonición ante la presunta ambición del ministro Streeting, uno de los nombres que cotizan al alza en el laborismo, que nunca ha ocultado sus aspiraciones de encabezar la formación en el futuro.