Las lectoras y los lectores escriben sobre la represión a la educación de las mujeres, la investigación sobre “safaris humanos” durante el sitio de Sarajevo y las actitudes ante la inmigración

Mi madre nació en un pueblo de la ribera de Navarra en 1942, tierra de agricultores. Era una niña inquieta, pero cuando cumplió 15 o 16 años (no tengo clara la edad exacta, ella no lo recuerda ya) sus padres decidieron que dejara de estudiar. Una de las monjas que llevaba la escuela fue a hablar con mi yaya, pero no lo consiguió. Mi madre fue educada para ser ama de casa. Y así transcurrió su vida. Siendo ella como era, llegó a la excelencia, a pesar de su frustración, y educó a su hija para que jamás fuese como ella. “Estudia hija, estudia. Sé independiente. No dependas jamás de un hombre”. Gracias a mujeres como ella, las mujeres de hoy hemos podido pensar en nuestro propósito de vida y el...

egir si queremos quedarnos en casa o tener un futuro profesional fuera. Y así educamos a nuestras hijas. Por ello, cuando leo las noticias de Afganistán, se me hiela la sangre. Mujeres y niñas encarceladas en sus casas, atrapadas entre ropajes que muchas veces no dejan ver ni sus ojos, reducidas a receptáculos para engendrar hijos. No pasa en una esquina oculta del mundo. Sucede en el escaparte global, y lo vemos gracias a los pocos que luchan para que su situación no caiga en el olvido. Yo puedo hacer poco y unos pueden hacer mucho. Lo que puedo hacer hoy es traer este tema de vuelta a la agenda y rogar a nuestros políticos para que ayuden a las mujeres y niñas de Afganistán. Sus hijas podían haber tenido la mala suerte de nacer allí.