Triunfan los matones que dicen ir con la sinceridad por delante frente a la hipocresía de las reglas de la democracia y la cortesía
En el Kunsthistorisches Museum de Viena hay un cuadro que siempre me ha gustado mucho, Juegos de niños, pintado por Brueghel el Viejo en 1560. Parece un maravilloso catálogo de juegos infantiles (hasta : de la taba a la gallina ciega, de las canicas a los bolos), pero en realidad produce al espectador un efecto inquietante. ¿Por qué? ¿Será porque Brueghel reúne en un espacio abierto una multitud,
.com/elpais/2019/05/16/opinion/1558031285_313026.html" data-link-track-dtm="">como en El triunfo de la Muerte? Busco a alguien que sienta lo mismo que yo y por fin lo encuentro. “He mirado este cuadro cientos de veces”, escribe la pedagoga Heike Freire, “y lo más curioso es que no veo niños por ninguna parte: veo personas de todas las edades. Veo cuerpos que más bien parecen de adultos”. Es eso, en efecto: no es la multitud la que remeda el triunfo de la muerte; es que se trata de los mismos cuerpos, robustos, adultos, pecadores. Brueghel el Viejo pinta a adultos jugando como niños, que invocan y aplazan así el inevitable triunfo de la muerte.
La infancia son estas dos cosas: el juego y la nada. O el juego o la nada. Identificamos sin razón el juego con la improvisación, la espontaneidad, la travesura. No es así. El juego son reglas y los niños, lo sabemos, se toman muy en serio las reglas. Puede que se las hayan inventado ellos, pero exigen su cumplimiento con perentoriedad kantiana. “¿Vale que naufragábamos en una isla desierta y construíamos una cabaña y Alberto era un monstruo que intentaba devorarnos y venía Ana y nos salvaba?”. En este “¿vale?”, fundación natural de la literatura misma, se expresa toda la solemnidad que los niños confieren a la ficción.






