La histórica sala, donde murieron 90 de las 130 víctimas del peor atentado en la historia de Francia, ha logrado salir adelante a pesar del trauma, las dificultades económicas y el cambio de propietarios
Son las seis de la tarde, queda una hora para que empiece el concierto de Orbit Culture, un grupo sueco de death metal, y la cola en la sala Bataclan da casi la vuelta a la manzana. Hay grupos de amigos, gente sola e incluso un par de parejas con niños. Diez años después de los mayores ataques terroristas que ha vivido Francia, que dejaron
target="_self" rel="" title="https://elpais.com/internacional/2016/11/13/actualidad/1479029720_411182.html" data-link-track-dtm="">130 muertos, 90 de ellos en el interior de la sala, en la fila del Bataclan ya no hay miedo. Como explica Theo, que es asiduo y ha seguido acudiendo a conciertos a pesar del trauma tras los atentados: “No haber vuelto es permitir que triunfe el miedo y ganen ellos”.
La histórica sala Bataclan se ha convertido en un símbolo de la resistencia frente al horror. El horror que París vivió aquel viernes 13 de noviembre de 2015. Poco después de que empezase el concierto del grupo Eagles of Death Metal, tres yihadistas irrumpieron en la sala y tomaron como rehenes a los 1.500 asistentes. Ejecutaron a 90 personas en el asalto, que duró tres horas.














