El líder de Junts ha llevado a su partido a la irrelevancia

Para saber qué ocurre, debemos entender incluso lo que ni se explica ni se explicita. El fantasma que desvela las noches de Carles Puigdemont es triple: terror a la competencia de la ultra Aliança Catalana; desconcierto por no saber capitalizar sus propios l...

ogros; angustia personal de seguir deambulando lejos, como apátrida errante.

El drama arranca de que la parafascista Aliança pisa los tobillos de Junts en el territorio C-25, que conecta esa autovía, el eix transversal de la Cataluña interior, carlista, entre Girona y Lleida. Los alcaldes posconvergentes palpan que su mordiente les descabalga, replican sus recetas ultras. El hieratismo metálico y descortés de su portavoz en el Congreso le hurta presentar como éxitos también propios —parciales o inconclusos— la amnistía, el avance del catalán o el plan de otra financiación autonómica. En vez de apuntárselos (los ultras castizos sí los achacan a su “chantaje”), los desdeñan.

Así que, huera de triunfos aparentes y dirigentes enérgicos en la asignatura Democracia, la burguesía media retrocarlista, de residencia urbana en Vic, Manresa o Ripoll, y atávico arraigo cultural rústico, está huérfana. Añorará el democristianismo nacionalista de Jordi Pujol, sí, por mesiánico, pero sueña con deportaciones nazis: contrata a negritos o moritos inmigrantes para empacar embutidos, camisas o tornillos, y al tiempo pretende cancelarlos, los pobres siempre molestan. Por eso se pasa en masa al nacionalracismo de Aliança. Y contamina a capas de la tolerante burguesía barcelonesa. La Convergència de los montagnards ya se despide de ustedes.