Las gafas del líder de Junts no son las de un seductor, pero le permiten observar la inquietud de los suyos, conscientes de disponer de un líder con más pasado que futuro

La política española es un vaivén de trompazos que se actualiza a diario. Una mañana sufre el PSOE con los reveses judiciales o la evidencia de su debilidad parlamentaria. Y al otro amanecer tuerce el gesto el PP, salpicado por la indecencia moral de Carlos Mazón o el quijotesco combate al sanchismo. Pedro Sánchez se puso las gafas en el Senado y terminó la comisión de investigación preparada para acorralarle. La partida dialéctica auspiciada por la formación de Alberto Núñez Feijóo, en campo ajeno y con árbitro casero, embarrancó por el afán de conseguir un titular antes que una respuesta con notoriedad judicial. Un Sánchez escurridizo no respondió a las preguntas que una buena oposición debería perseguir. Bastó con ponerse las gafas ante el ruido inquisitorial de la derecha, incapaz de hilar el cuestionario que exigía un presidente herido por las andanzas de dos secretarios de organización que fueron escuderos y confidentes.

Las gafas de Sánchez sirven para aplacar la acometida infructuosa del PP, que tiene un agujero negro en Valencia, pero no se han utilizado para leer con anticipación los avisos de sus socios de investidura. Es sabido que ERC exige que la nueva financiación no sea una concreción cosmética del acuerdo de investidura que catapultó a Salvador Illa al Palau de la Generalitat -están en juego los presupuestos del Govern-, aspiraciones que gestiona con incomodidad María Jesús Montero.