La normalización de la violencia machista afecta a mujeres en puestos de poder en todo el mundo y también a las que aspiran a ellos. Para las expertas subyace un “disciplinamiento”, la idea de que ninguna está a salvo de sufrir ese acoso

El hombre que agredió sexualmente el martes a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, a la vista de una decena de personas y ante las cámaras, lanzó, posiblemente sin pretenderlo, un potente mensaje. Al acercarse a la presidenta y tocarle un pecho, intentar darle un beso y seguir tocándola, le dijo a cualquier mujer ―desde ejecutivas a maestras, limpiadoras, abogadas o jardineras― que no importa quiénes sean, qué trabajo tengan o qué cargo ejerzan, porque son vulnerables solo por ser mujeres a una violencia que, en distintos grados, sufren a diario millones de ellas en México, España, Japón, Estados Unidos o Uganda. En todo el mundo.

En el caso de las políticas, la que se perpetra contra ellas tiene un carácter público y un tinte sexual. A Trump un hombre le disparó, Jair Bolsonaro fue apuñalado, Mariano Rajoy recibió un puñetazo. A Claudia Sheinbaum un hombre le tocó una teta y la manoseó. ¿Cómo son los insultos contra ellas? Habitualmente también con connotaciones sexuales, como “puta” o “malfollada” o aludiendo a algo también sexual para haber tenido éxito. Y esto es un patrón que “afecta específicamente a las mujeres en puestos de poder, que afrontan un coste personal, emocional y político enorme”, cuenta Nuria Varela, autora de El síndrome Borgen. Por qué las mujeres abandonan la política.