Los ataques machistas contra la presidenta de México nos recuerdan que no todos los insultos son equivalentes: algunos humillan, otros ordenan el mundo
México tiene, por primera vez en su historia, una mujer presidenta. Claudia Sheinbaum llegó al cargo tras décadas de exclusión femenina del máximo poder ejecutivo en un país profundamente atravesado por el machismo, el clasismo y la herencia colonial. Es una presidenta de izquierda, con aciertos y desaciertos, que, como cualquier jefa de Gobierno en una democracia, enfrenta críticas legítimas a sus decisiones políticas, a su proyecto político y a su gestión. Pero, además de ese escrutinio normal y sano en cualquier democracia, enfrenta otro tipo de ataque: violencia política de género.
Conviene aclararlo desde el inicio: no toda crítica dura hacia una mujer tomadora de decisiones es violencia política de género. Las servidoras públicas y especialmente quienes gobiernan tienen la obligación de escuchar cuestionamientos severos y reflexionar de manera critica respecto a ellos. Como decimos en el barrio mexicano: si te subes (a la política), te paseas (aguantas la crítica con dignidad). Sin embargo, la violencia política de género aparece cuando los ataques no buscan discutir decisiones sino deslegitimar a una mujer utilizando estereotipos, jerarquías históricas y mandatos de género para anular su autoridad.






