El empoderamiento de Sheinbaum obedece a varios factores, pero destaca su desempeño en la complicada relación con las dos poderosas figuras con las que ha debido bregar
Con casi el 60% de los votos sufragados a favor de Claudia Sheinbaum en las elecciones pasadas, era claro que los mexicanos deseaban una mujer presidenta. Lo que no era tan evidente es que los poderes fácticos del país, impregnados de una ancestral cultura misógina, le dieran el espacio para gobernar. A pesar de que las políticas de género han instalado a mujeres en puestos administrativos y en candidaturas electorales en México, el poder real sigue siendo un asunto de...
hombres. Dueños del dinero, banqueros y empresarios, generales y almirantes, líderes religiosos y sindicales, la mayoría de los gobernadores, barones de la prensa y de los medios de comunicación. Una élite con obvias diferencias entre sí, pero que comparte arraigados usos y costumbres patriarcales en que las mujeres destacadas participan como adorno, comparsas o extensión de un poderoso hombre a sus espaldas.
El verdadero reto para Sheinbaum, la primera mandataria en la historia de México, no fue imponerse en las urnas, sino en los pasillos de la política y las sobremesas de los restaurantes de manteles blancos. Se sabía que las élites políticas y económicas acatarían en lo formal a la nueva figura, el temor era el llamado “ninguneo” al que intentarían someterla. Todos ellos buscarían ampliar espacios de control y atribuciones, después de seis años de un liderazgo fuerte y voluntarioso como el de un presidente tan carismático y popular como Andrés Manuel López Obrador. Incluso dentro de Morena, el partido en el poder, gobernadores, alfiles y líderes de facciones esperaban el retiro del fundador del movimiento para tomar control pleno de sus propios asuntos.







