¿Quién se va a oponer a que las instituciones hablen de la enfermedad con un poco más de finura? Vox, claro

España vive tan partida en dos mitades ideológicas que la única manera de ponerlas de acuerdo es proponer algo tan inane, banal, obvio y retórico que sea imposible rechazarlo. La proposición no de ley que aprobó el Congreso la semana pasada sobre

title="https://elpais.com/cultura/2025-10-31/arturo-perez-reverte-me-va-a-regular-el-uso-de-las-palabras-su-puta-madre.html" data-link-track-dtm="">el uso de la palabra cáncer es uno de esos consensos instantáneos: ¿quién se va a oponer a que las instituciones hablen del cáncer con un poco más de finura? Vox, claro. Los 33 diputados de Abascal votaron en contra, y su diputada aprovechó la tribuna para promover las metáforas bélicas que la proposición no de ley reprueba, en modo recochineo.

La proposición tiene cosas criticables: roza el ridículo en su prosa cursi e incurre en inconsistencias y contradicciones, pero no es una ley, no desarrolla un programa de reeducación lingüística ni despliega un aparato represor para quien siga usando la palabra cáncer y su campo semántico como le dé la gana. Tan solo es un gesto, un guiño de los representantes de la soberanía nacional hacia los enfermos de cáncer, y lo educado es aceptarlo, como se aceptan los pésames y las cortesías. Pero en Vox son esos niños malcriados que la lían en el funeral de la abuela. No pueden dejar pasar una ocasión de hacerse notar, y la hiperventilación de algunos columnistas les hizo coro.