Los asesinatos del alcalde de Uruapan y del representante del gremio de limoneros en Michoacán revelan un cambio de paradigma en el crimen nacional, donde complicados esquemas extorsivos cooptan regiones enteras

México atraviesa un momento delicado, situación invisible para la estadística. El Gobierno federal destaca mes con mes los avances en su estrategia de seguridad. Bajan los homicidios y buena parte de los delitos de alto impacto, motivo de celebración, tras más de 15 años de subidas prácticamente ininterrumpidas. Pero, al mismo tiempo, una sombra se extiende, la sombra de la extorsión, un mal practicado por las mafias para el que la autoridad no parece tener respuest...

a. Donde antaño la producción y el tráfico de drogas aparecían como el negocio principal del crimen, ahora se imponen los esquemas extorsivos, cada vez más sofisticados.

Los casos de extorsión han aumentado estos años, al menos las denuncias, para un delito en que la cifra negra siempre es alta. El Ejecutivo, que dirige Claudia Sheinbaum, lanzó en julio una estrategia especial para atajar el problema, cuyos resultados son todavía una incógnita. Las mafias, mientras tanto, avanzan. “Todo empezó con un discurso seductor, la idea de dar protección a cambio de seguridad”, explica Salvador Maldonado, investigador del Colegio de Michoacán, especializado en violencia e ilegalidad. “Poco a poco se fue generalizando, hasta que mutó, y ahora ya no es solo el pago por protección, sino el interés [de las mafias] por incrustarse en cadenas productivas, por formar parte del gremio”, añade.