El asesinato del alcalde de Uruapan desata una violenta ola de protestas en diferentes puntos del Estado. Desde la capital, Morelia, al corazón de Tierra Caliente, la zona más asediada por el crimen organizado

El Palacio de Gobierno de Morelia parecía la noche de este lunes más un bunker acorazado que un noble edificio colonial. Durante dos días ha sido el epicentro de las protestas detonadas por el asesinato de Carlos Manzo, el acalde de Uruapan, tiroteado a quemarropa en la plaza del pueblo. Cinco líneas de vallas y una estructura giga...

nte de metal protegía el portón principal de entrada, por donde la noche del domingo una muchedumbre irrumpió al interior del edificio. Ya desde dentro, reventaron los cristales y arrojaron muebles por las ventanas. Un día después, se repitieron los altercados con más protestas de estudiantes frente al Palacio, generando una batalla campal con la policía. La indignación y la furia se ha extendido además a otros puntos del Estado. En Uruapan, llegaron a quemar monumentos y en Apatzingán, el corazón de Tierra Caliente, otro grupo de manifestantes también logró entrar en el palacio municipal de Gobierno y prender fuego dentro de las instalaciones.

El asesinato de Manzo, muy popular por su estrategia de enfrentar palmo a palmo a los criminales, ha desbordado el vaso de la rabia y el dolor en un Estado acostumbrado a la violencia. La muerte de Manzo corona una crisis de seguridad de largo recorrido. Ya son tres alcaldes asesinados en Michoacán en lo que va de año. El mismo día que tirotearon al presidente municipal de Uruapan, también mataron en su casa al sobrino del antiguo líder de las autodefensas Hipólito Mora. Y solo unas semanas antes caía el productor de limones Bernardo Bravo tras alzar la voz contra las extorsiones a los agricultores en Tierra Caliente.