Antes que la IA, la desigualdad social ha dado lugar a una discriminación en el acceso a un trato humano sosegado

En un ciclo de conversaciones sobre la llamada IA, alguien preguntó a la lingüista computacional Emily Bender cómo evitar que nos dejen atrás si cuestionamos los grandes modelos de texto sintético. Lo primero, contestó, sería analizar la metáfora “que nos dejen atrás” y preguntarse quiénes van delante y si realmente queremos seguirlos. Pue...

s acaso, añadimos, no hay un delante ni un atrás, sino varios caminos diferentes.

La artista Jennifer Walshe, en su libro 13 maneras de ver la IA el arte y la música (Alpha Decay), habla de la IA con desenfado y voluntad de apertura, y la considera un abono para la imaginación. A Walshe, como a la programadora Marga Padilla, autora de Inteligencia Artificial, ¿jugar o romper la baraja? (Traficantes de sueños), les interesa conocer la herramienta, jugar con ella, saber para qué puede y no puede, quizá no debe, servir. En el extremo opuesto se sitúa el músico Anthony Mosser, cuyo post “Soy un hater de la IA” ha sido leído con avidez en internet: “Me convertí en un odiador haciendo precisamente aquello que la IA no puede hacer: leer y comprender el lenguaje humano; pensar y razonar sobre ideas; considerar el significado de mis palabras y su contexto; amar a la gente, crear arte, vivir en mi cuerpo con sus defectos, sentimientos y vida. La IA no puede ser un hater, porque no siente, no sabe, no le importa. Solo los humanos pueden ser odiadores. Celebro mi humanidad”. Los tres coinciden, sin embargo, en que IA es una etiqueta encubridora de distintas tecnologías, procesos, infraestructuras y finalidades.