Le Pen y AfD pueden cortocircuitar el proyecto europeo. Cuestión migratoria, ágora digital y cohesión social son las claves para evitar su éxito, pero estamos lejos de la solución

La derrota de Geert Wilders en las legislativas holandesas es sin duda motivo de celebración y será oportuno estudiar a fondo sus circunstancias para aprender lecciones y seguir empujando las ultraderechas hacia atrás. Ahora bien, conviene no olvidar cuál es el panorama: las fuerzas nacionalpopulistas encabezan los sondeos en Alemania (AfD, 26%, según la media de sondeos de Politico), Reino Unido (Reform, 29%), Francia (Reagrupamiento Nacional, 34%), Italia (Hermanos de Italia, 31%), Austria (FPÖ, 37%), Bélgica (Vlaams Belang, 24%) o Rumanía (AUR, 34%). Si a ellos se suman otros partidos afines, el conjunto crece. Todos ellos cuentan con aliados extraordinarios en la Casa Blanca y en los imperios tecnológicos.

El diagnóstico, a estas alturas, es bastante claro: un malestar socioeconómico producido por errores del modelo económico que sucedió a la Guerra Fría ha creado un caldo de cultivo propicio para alimentar un fortísimo sentimiento identitario que cristaliza en el rechazo a un fenómeno migratorio que es cada vez más visible en nuestras sociedades. Las fuerzas extremistas propagan habilidosamente ese sentimiento y ese rechazo con narrativas emocionales que discurren por canales digitales, y se presentan como única solución eficaz.