Que en un país como Alemania la AfD ya esté en el 25% en intención de voto o que en otro como el Reino Unido
lpais.com/internacional/2025-08-26/farage-se-suma-a-la-ultraderecha-europea-y-promete-expulsar-del-reino-unido-a-cientos-de-miles-de-inmigrantes.html" data-link-track-dtm=""> Nigel Farage se proyecte como potencial ganador de unas nuevas elecciones debería llevarnos a poner las barbas a remojar. Sin embargo, todos intuimos que no será el caso de Vox, aunque siga creciendo en las encuestas. La situación del PP, a diferencia de los Tories o de la CDU, es todavía lo suficientemente sólida como para que no nos dejemos embargar por el miedo. Quienes sí deberían sentirlo son los populares, que en el eventual caso de una victoria de las derechas les sería difícil no incorporarlos al Gobierno, incluso se les podría escapar de nuevo el triunfo. Un Vox crecido en las encuestas provocaría una intensa movilización del voto de izquierdas.
O no, quién sabe; también lo esperábamos en Estados Unidos y en otros lugares y luego nada. Kamala Harris sería hoy presidenta si la hubieran votado los mismos que en su día lo hicieron por Biden. Hay mucho nihilismo en la política contemporánea, y eso explica tanto el voto a partidos nacionalpopulistas como la dejación del deber cívico de oponerse a ellos. Porque, ¿qué hay detrás de lo que en realidad es un plan de destrucción del orden político tal y como lo conocemos? Una destrucción sin proyecto de reconstrucción claro y viable. Unos encienden el fuego y otros asisten, pasivos, al incendio de la polis democrática. Y siempre se eleva la misma pregunta: ¿por qué? ¿Cómo es posible que se persevere en estas conductas cuando gente como Orban y Trump ya no ocultan lo que son capaces de hacer? ¿Acaso Abascal va a ser distinto, cuando todos conocemos sus muchas fobias y limitaciones?






