El rey emérito y el expríncipe Andrés, ese par de incomprendidos, están convirtiendo el cuento de hadas en un timo

Vivimos deseando escuchar un cuento de hadas y además creérnoslo. Eso y no otra cosa son los culebrones, las series que nos hacen felices y un imaginario que amuebla nuestro cerebro de principios, normas y valores que nos tranquilizan, por mucho que los incumplamos. Y la monarquía, esa extraña legitimidad de la sangre como canal transmisor del poder, es uno de esos cuentos de hadas que nadie en su sano juicio podría justificar desde un punto de vista democrático y actual....

Y, sin embargo, funciona. Lo que visten, lo que sonríen, lo que son, sus bodas y su descendencia, forjan un eterno cuento de hadas que los ciudadanos británicos (especialmente) consumen desde hace siglos con fruición y, los españoles, según el momento. Todo funciona si se portan suficientemente bien y mientras su pompa atraiga la atención de nacionales y turistas, sin excluir a Donald Trump, embelesado con la acogida real que vivió.

Pero todo se puede torcer. En Londres, el rey Carlos III ha tenido que quitar a su hermano Andrés el título de príncipe y la mansión de 30 habitaciones que usaba en Windsor por sus vínculos con el pederasta multimillonario Jeffrey Epstein y los supuestos abusos a una menor. El hijo predilecto de Lilibeth tendrá que conformarse con otro alojamiento en el complejo de Sandringham, pobrecillo. En España, el rey emérito vuelve a enturbiar el lamentable paisaje que legó a su hijo al publicar unas memorias benignas con Franco y complacientes con los regalos millonarios que no supo rechazar. Un par de incomprendidos.