Más que luchar contra Halloween, podríamos aprender de él y ponernos a reficcionar lo propio, para transformar tradición en cultura contemporánea

Yo, para Reyes, me pido una máquina de fabricar iconos y cultura pop tan estupenda como Hollywood, para así vernos amanecer el año que viene, el día de Todos los Santos, con una de esas resacas punzantes que dejan los vinos dulces en las sienes, las pestañas chamuscadas, sin malos espíritus en el cuerpo y con unas flatulencias sensacionales. ...

Este año ya no llego a tiempo, y lo más probable es que el mundo entero despierte mañana con un par de bolsas de plástico a reventar de chuches colgadas detrás de la puerta.

Bebemos de los ritos ancestrales de las antiguas sociedades ganaderas que, por estas fechas, celebraban la llegada del letargo invernal y el recogimiento de los rebaños con grandes ágapes funerarios y ceremonias místicas. La noche del 31 de octubre marcaba el fin del año natural celta y hacía de bisagra entre el tiempo de la luz y el de la oscuridad. Durante unas horas, el velo de separación entre el mundo de los vivos y el de los muertos era especialmente fino. Casi transparente. Y las cosas y los seres iban y venían.

Con la expansión del cristianismo, estas celebraciones fueron absorbidas por el calendario cristiano y propagadas por todo su dominio. Adoptaron connotaciones religiosas, se bautizaron con nuevos nombres y se clavaron a días fijos.