La segunda entrega de la serie de Atresplayer se enfrenta al reto de renovar la confianza con sus espectadores desde presupuestos muy diferentes a su antecesora. Y lo consigue
Algunas series tienen la virtud de interpelar a mucha gente en su conjunto. Otras, las menos, pretendan o no llegar a todo el mundo, atesoran como principal logro la intimidad con el espectador. Mientras las ves, sientes que te están hablando solo a ti. Y no necesariamente por identificación. Tiene más bien que ver con la desnudez progresiva de sus personajes. Se nos van revelando de a poco en todos sus matices, lo que provoca que la implicación del espectador con ellos sea mutua, por mucho que cada uno, desde el sofá, no les esté contando nada.
el-extasis-de-la-ruta.html" data-link-track-dtm="">La primera temporada de La ruta es un buen ejemplo de esto.
La segunda entrega, que repite artífices de la primera (Clara Botas, Roberto Martín Maiztegui al guion, y Borja Soler Gil a la dirección), se enfrenta al reto de renovar esa confianza con sus espectadores desde presupuestos muy diferentes a su antecesora. Y lo consigue. Al final de la primera dejamos a Marc Ribó (Àlex Monner) en un avión rumbo a Ibiza y ahora lo recogemos como DJ asentado en la isla. Y si la primera temporada utilizaba el recurso de estructura de invertir la línea temporal y contarse, pues, desde el final hasta el principio, en esta se alternan dos líneas temporales: la de Marc, en 1996, y la de sus padres, en 1972, en Ibiza, isla en la que ya sabemos que ambos perdieron la vida.






