La despigmentación persiste en el país, alcanzando una prevalencia del 50%, según la OMS. Los expertos advierten de su aumento en los últimos 10 años

Maïmouna, una mujer de Léona, un pueblo de la región senegalesa de Louga (norte del país), empezó a blanquearse la piel de forma habitual en la veintena, poco antes de casarse con el primer hombre con el que compartió su vida. “Me despigmenté para mi boda, pero era para gustarme a mí misma”, dice, aunque reconoce a continuación que en realidad fue porque a su marido le gustaba. De hecho, fue él quien le dio el dinero para comprar los productos.

A punto de cumplir los 50, y pese a tener un cutis grisáceo, marcas visibles en el cuerpo y de vez en cuando reacciones cutáneas, Maïmouna no piensa abandonar su ritual de belleza. Sigue haciendo oídos sordos a las advertencias sanitarias: “Cuando tengo problemas en la piel, hago una pausa. Dejo que descanse y luego vuelvo a empezar”. Ni siquiera durante sus embarazos dejó de usar el xeesal, término en wolof para designar a la práctica del blanqueamiento facial. “Quería estar guapa para el día del parto y el bautizo”. Según la comadrona del pueblo, la despigmentación cutánea durante el embarazo es bastante común, a pesar de las posibles complicaciones obstétricas tanto para la madre como para el recién nacido, como retraso en el desarrollo, bajo peso al nacer, un nivel más bajo de cortisol en plasma o una placenta más pequeña.