Si el ruido no está contemplado como causa absolutoria en el Código Penal es, sin duda, porque sería un coladero

Tal vez para compensar que ha sido responsable de algunas de nuestras mayores bellezas, la Iglesia también ha sido cómplice de algunos de nuestros peores espantos. Pensemos en la música: las guitarras comenzaron a entrar en la parroquia y, como un automatismo, los fieles empezaron a salir de ella, quizá porque no hay ninguna fe que pueda aguantar sin contusiones el paso del canto gregoriano al “alabaré, alabaré”. Para el místico Eckhart, si hay algo que se parezca a la divinidad, es el silencio. Por el contrario, si hoy tuviéramos que representarnos la condenación eterna, habría que pensarla —como un Bosco 2.0— bajo la especie de

"https://elpais.com/diario/2002/07/30/madrid/1028028261_850215.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/diario/2002/07/30/madrid/1028028261_850215.html" data-link-track-dtm="">un centro comercial con la megafonía en pleno trueno. Ahí quisiéramos ver arder al inventor del politono, a ese macarra que pasa rugiendo con la moto de cross como quien manda al cuerno la armonía de las esferas.

Lo del ruido no debiera ser imposible. Hemos mejorado en muchas cosas que eran defectos pero que casi nos parecían tradiciones. Los ejemplos abundan. Entrar en un baño público ya no parece un necesario descenso a los infiernos con un plus, por amenizar, de obscenidades. Si alguien es celiaco, no le damos una palmada en la espalda y le decimos “venga, déjate de tonterías y tómate otro polvorón”. Hace no tanto ahorcábamos a los galgos cuando ya no eran —cielo santo— útiles; ahora empezamos a hablar de duelo animal. No ha tenido que venir la Comisión Europea ni ningún alumbramiento woke para que, si a alguien se le ocurriera hoy hacer un chiste de gangosos, nos lleváramos las manos a la cabeza de la vergüenza ajena. En fin, amanecía el siglo XXI y todavía un pueblo lanzaba desde el campanario una cabra: hoy ya no. Con el ruido, sin embargo, no parece haber esperanza. Hace poco, en una biblioteca en Palencia vi la aceptación resignada, casi dulce, de la derrota. “Por favor, guarde silencio”, decía un aviso, para, un poco más abajo, ajustar el tiro: “o haga sus comentarios en voz baja”. Si esto pasa en una sala de lectura en Palencia, imagine a la salida de una salsoteca en Mataró.