Tildar cualquier voz crítica de envidiosa busca zanjar con un golpe sobre la mesa un debate legítimo, como el del premio Aena

Envidia. Recuerdo la primera vez que escuché esa palabra considerándola más allá de la pelusa infantil, siempre censurada por los padres, o de lo que rezaban los pecados capitales aprendidos en Religión. Fue en 1979, y yo había salido poco de mi barrio. Uno de los convocados a un extraño encuentro familiar afirmó que lo ...

que movilizaba a la gente de izquierdas era la envidia. Hasta ese momento, jamás había relacionado aquel sentimiento que yo tenía por vergonzoso con el impulso que arrojaba a los vecinos a protestar contra la carestía de la vida, entre otros motivos. Nunca lo hubiera contemplado como envidia, pero luego lo he podido escuchar muchas veces, a menudo confundiendo la exigencia legítima de derechos con la rabia que produce el éxito de los otros.

Recuerdo también una mesa redonda literaria en el siglo pasado, cuando yo asistía como espectadora al habitual intercambio de anecdotillas. Cuando una joven poeta se atrevió a señalar que las poetas españolas jamás habían sido reconocidas en los premios nacionales, uno de los escritores de la mesa se apresuró a apostillar con sorna: “¿Qué pasa, que lo quieres tú?”. Risas del público. Algo hemos aprendido; hoy sería improbable el comentario y el aplauso del respetable, pero intuyo que poco a poco el argumento vuelve a asomar en la conversación. Se vuelve a ser de izquierdas por envidia, y aún queda como un virus latente del pasado el miedo de los artistas de cualquier disciplina a parecer portadores de un sentimiento tan feo. Un viejo amigo mío me confesó que él no era celoso, pero sí que padecía envidia. Confesión por confesión: a mí me ocurría lo contrario.