Los mitos fundacionales del Estado de bienestar se tambalean. El terror ya no es un cáncer, sino una gestión sanitaria nefasta solo para pobres

Ay, amigos. Solíamos creer que la sanidad pública era un gran factor de cohesión y, la educación, un potente ascensor social en el que bastaba apretar el botón: el nivel 1 te llevaba a la escuela; el 2, al instituto o la FP; el 3 te dejaba directo en la universidad y, el 4, en el infinito y más allá, allá donde te pusiera tu valía. Ambos pilares —sanidad y educación— sostenían el Estado de derecho y un sueño de igualdad que funcionó durante décadas en España. Podíamos nacer en Villaverde o Moncloa (Madrid), en Las Tres Mil Viviendas de Sevilla o en El Sardinero de Santander, pero, si venían mal dadas, todos nos íbamos a encontrar ante el mismo oncólogo. Mientras, nuestros hijos educados en l...

a escuela y en la universidad públicas podían aspirar al mismo desarrollo profesional que los ricos de cole privado.

Hoy, el sueño se ha roto.

Después de los recortes de 2010 y de la austeridad, la sanidad pública quedó tan tocada que la pandemia solo socavó un poco más las carencias muy evidentes. Primero fue la atención primaria, con citas cada vez más tardías. Después, los especialistas: ay de ti si necesitabas dermatólogo o una cirugía menor. Pero mientras eso pasaba, seguíamos confiando en que los hospitales públicos iban a ser el mejor destino en caso de cáncer o de una enfermedad grave. Para ricos y para pobres.