Desde mediados del siglo XIX, esta droga ha mantenido una relación constante con la cultura. Su presencia actual en la literatura revela un rasgo determinante del presente: la adicción al ego en un mundo intoxicado
Son inolvidables las cuatro primeras páginas de Cero cero cero (Anagrama, 2014), la crónica de Roberto Saviano sobre el modo en que la cocaína rige la economía global desde la parte del crimen y coloniza casi todos los ámbitos de la experiencia humana. En ellas Saviano recita una lista larguísima, casi una salmodia, de gente que puede consumir coca en el entorno de cualquiera de nosotros, un profesor, tu escritor favorito, el vecino, la jefa de sección, tu oncólogo, alguien de la familia, quien sea, realmente, para rematar: “Si cr...
ees que ninguna de esas personas puede esnifar cocaína, o bien eres incapaz de verlo, o mientes. O bien, sencillamente, la persona que la consume eres tú”.
Son cuatro páginas inolvidables porque dicen la verdad.
Esta verdad puede abordarse aplicando distintas miradas, financiera, terapéutica, política…, para entender cómo afecta la cocaína a la toma de decisiones en las minúsculas vidas privadas o en los despachos presidenciales, qué euforias y qué heridas amplifica la droga, qué imperios sostiene, cuántas cabezas se cortan en su nombre cada año. Y luego está la mirada de la cultura, la cocaína que entra y sale de los libros, protagonizándolos, ornamentándolos, estimulando y agotando y deformando los cerebros de los escritores que los escriben, de los lectores que los leen. Desde ahí hablan las líneas siguientes.







