Dónde reside el beneficio colectivo de trasladar un partido de liga al patio del vecino rico que vive a miles de kilómetros del estadio más cercano y cómo se capitaliza la deslocalización

Yo ya era un provinciano mucho antes de que a Javier Tebas se le calentase la boca como a esos tuiteros del barrio de Salamanca, faltos de calle. Y a mucha honra. Haría falta mucho más que un pisito de alquiler en el centro de Madrid, o un partido de Liga en un estadio hortera de Miami, para quitarme el orgullo de ser de provincias, de...

haber nacido en una esquinita del mundo donde los bares abren antes que los colegios y el fútbol se empieza a sentir entre los charcos, justo en el lugar donde mi primo Marcos me cascó dos dientes de un balonazo. Aquí no catalogamos al aficionado por el precio de la entrada. Ni reducimos la pasión a una presentación en Power Point. Y, sinceramente, no parece que nos vaya tan mal.

Puede que en algún momento nos explique alguien, quizás el propio presidente de la patronal de los clubes, en qué consistía, exactamente, esa oportunidad perdida para el fútbol español en su conjunto. Dónde reside el beneficio colectivo de trasladar un partido de liga al patio del vecino rico que vive a miles de kilómetros del estadio más cercano y cómo se capitaliza la deslocalización. En qué mejora la experiencia de los aficionados que Lamine Yamal y Gerard Valentín tengan que cruzar un océano para sacarse fotos con unos cuantos ejecutivos. Por qué una competición que presume de buena salud y tradición debería estar dispuesta a convertirse en una franquicia con alma de pizzería australiana. A falta de argumentos más sólidos que unas cuantas luces de neón, la única oportunidad que parece haber perdido nuestro fútbol es la de haber hecho el ridículo a escala intercontinental, suponiendo que eso no viniese incluido de serie en las gestiones.