En España significa conseguir un juez complaciente para denunciarle delitos muy dudosos de un enemigo político
Lo confieso: no tuve paciencia. Sí, me lo había propuesto seriamente, puro morbo: quería compilar las incontables formas en que sudacas, godos y otros usuarios de la Ñ retorcemos la palabra australiana lawfare. Y lo empecé, les juro que lo empecé. Lófer, lófar, lofar, lofer, lofere, lofear, lóufer, láufer, laufare, laufar y s...
iguen muchas más pero usted, lector, me dicen, es una lectora actual y dinámica y se aburre fácil y no está dispuesta a leer la misma palabra escrita distinto más de ocho veces —o quién sabe nueve. Así que digamos, por un rato, láufer, que suena a actriz platinada atrevida, Hollywood 1933, de esas que mi abuela no le dejaba ver a mi papá.
Y todo esto para llegar por fin al punto de partida: la palabra lawfare. Primera constatación: la palabra lawfare es un invento. Sí, es cierto, todas las palabras son inventos pero las llamamos inventos cuando sabemos quién las inventó. Esta vez fueron unos australianos, John Carlson y Neville Yeomans, que la lanzaron en 1975 en un artículo preocupado por los destinos de la ley y sus usos espurios. La armaron pegoteando law, ley y warfare, guerra, y quería decir —quería decir, que no es lo mismo que significaba— usar la ley como un modo de continuar la guerra.






