Donald Trump no repara en traspasar la frontera entre el cargo público que ostenta y el beneficio privado de su imperio familiar
Donald Trump ha cruzado en estos nueve meses de su segundo mandato muchas líneas rojas, pero en pocos ámbitos resulta tan evidente la apropiación personal de la autoridad política como en lo relacionado con su patrimonio y el de su familia. No es el primer presidente de Estados Unidos que procede del mundo de los negocios, pero nin...
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guno hasta ahora había vuelto tan difusa la frontera que separa el servicio público del beneficio privado, límite clave en el funcionamiento de todo sistema político democrático.
Desde que el 20 de enero se instaló por segunda vez en la Casa Blanca, Trump ha hecho un uso tan agresivo del poder que ha debilitado el modelo de controles y contrapesos, base misma de la democracia estadounidense. Tampoco ha dudado en reprimir el disenso y poner toda la maquinaria del Ejecutivo al servicio de la intimidación de la prensa, la sociedad civil y la oposición. Sus decisiones en política exterior están redefiniendo el marco del uso de la fuerza y las fronteras del derecho internacional. Y han dejado claro a las grandes corporaciones, a los oligarcas tecnológicos y a cualquier foráneo interesado en hacer negocios en Estados Unidos que en el Despacho Oval todo tiene un precio.






