El presidente coloca en una galería de la residencia presidencial placas que recuerdan con insultos y acusaciones sin base los logros de algunos de sus antecesores

En su segundo mandato, Donald Trump está mostrando una obsesión con la Casa Blanca −el edificio, no la institución a la que este sirve de sede− que supera con mucho el precedente de su primera presidencia. El republicano ha redecorado sus estancias a base de molduras doradas y de cambiar cuadros de sitio y poner otros nuevos. También ha remodelado baños y ha iniciado una ampliación sin precedentes con la demolición del ala este para levantar en ese flanco de la residencia un salón de baile para el que no ha pedido permiso y que alterará las proporciones del conjunto.

En una de las galerías del ala oeste, esos impulsos van más allá de la estética. Trump ha colocado allí algo que llama “El salón de la fama de los presidentes”, una serie de retratos de sus 45 predecesores en el cargo, a los que este miércoles añadió una novedad: unas placas que hacen las veces de pies de foto. Con ellos, el republicano propone, a base de insultos, exageraciones y acusaciones, otra ruptura del decoro institucional de Washington con una reescritura ciertamente poco elegante de los logros de algunos sus antecesores.