Se ha instalado una cultura del exceso: correr más, producir más y callar más, aunque sea a costa de la seguridad y la vida
Hace apenas una semana, un derrumbe en una obra en el centro de Madrid se cobró la vida de cuatro personas: Moussa Dembelé (Malí), Diallo Mamadún Alpha (Guinea), Jorge Velázquez (Ecuador) y Laura Rodríguez Sabin (España). Un suceso que no fue sólo una fatalidad, sino el reflejo de un modelo laboral que sigue poniendo ...
el beneficio por encima de la vida.
“La salud laboral es un indicador de civilización”, recordaba Yuval Noah Harari, y nuestras cifras muestran hasta qué punto seguimos lejos de merecer ese título. España vive una contradicción inaceptable: el trabajo, que debería ser fuente de progreso y dignidad, se ha convertido en una causa de muerte. Más de 1,2 millones de accidentes laborales al año, más dos muertes diarias y un sector, la construcción, que multiplica por cuatro la siniestralidad media, lo confirman. Aunque la prevención avanza en los discursos, retrocede en la práctica: casi un tercio de las inspecciones detectan incumplimientos, en un contexto de ritmos de trabajo cada vez más acelerados y cadenas de subcontratación que diluyen responsabilidades y multiplican el riesgo.






