Un ‘Otello’ muy problemático y un excepcional ‘Falstaff’ –musical y escénicamente– completan la oferta operística del certamen parmesano en la celebración de su 25º aniversario
Haciendo bueno su propio dictum (“Torniamo all’antico: sarà un progresso”), años después de verbalizarlo en una carta dirigida a Francesco Florimo en 1871, el año del estreno de Aida, Verdi volvió a lo antiguo ―en este caso, las obras de William Shakespeare, su dramaturgo de cabecera― y creó sus dos óperas más rabiosamente modernas. Contó para ello con la ayuda excepcional de Arrigo Boito, cuyo sobresaliente talento literario y cuya sabiduría para saber tratar y encontrar resquicios en la voluntad de un hombre que ya había decidido retirarse por completo del trasiego profesional (Gioach...
ino Rossini le había enseñado que sí que era posible echarse a un lado, ignorando cualesquiera presiones en sentido contrario) propiciaron el nacimiento de Otelloy Falstaff. En la celebración de su primer cuarto de siglo de existencia, el Festival Verdi de Parma ha decidido apostar por las tres óperas shakespearianas del compositor italiano (Macbeth pudo verse el jueves en el teatrito de Busseto), que garantizan éxito y emociones fuertes a poco bien que se hagan.







