Ha terminado esta guerra, pero no ha terminado el estado de guerra instalado entre judíos y palestinos desde que entraron en contacto hace algo más de un siglo
No es la paz todavía. Es solo una tregua, todavía frágil. Y ya es mucho, puesto que no viene a parar una guerra cualquiera. Hará época si se sostiene, porque toda tregua contiene la improbable y sagrada semilla de la paz, al igual que toda guerra, y especialmente una guerra tan desigual, contiene las semillas de futuras guerras.
El armisticio declarado tras la matanza y destrucción de Gaza ha hecho ya historia, al igual que la guerra viene haciendo historia desde hace dos años. El 7 de octubre Israel sufrió el ataque más letal, inesperado y desmoralizador de toda su vida como nación moderna y al día siguiente inició una guerra que ha superado en duración, víctimas y efectos geopolíticos a todas las anteriores libradas por su ejército.
La explosión de alegría que ha suscitado en ambos bandos es un buen indicador de las ansias de paz compartidas. Cierto, en los israelíes pesa el regreso de los rehenes, y en los palestinos el fin de la guerra, la supervivencia, la querencia por la tierra natal que no deberán abandonar. Este momento trascendental es a la vez lenitivo para estos dos años de un dolor tan inmenso y grito en favor de una paz tan esquiva.










