La crisis y el bloqueo político se suman a un deterioro estructural donde crece la desigualdad y una sensación de insatisfacción que cuestiona la propia identidad de la República

Una de las dos fechas no está clara. Tuvo que ocurrir en algún momento de los últimos 15 años. Esa mañana, los franceses se despertaron del viejo sueño de la grandeur, evocado después de la II Guerra Mundial por el general Charles de Gaulle, el fundador de la V República, el régimen político que hasta hace un año había garantizado la estabilidad de Francia. La crisis financiera, la pandemia, los chalecos amarillos. El deterioro de los servicios pú...

blicos, la decadencia del sistema educativo, la revuelta de los territorios de ultramar. También la fragmentación de los partidos. Y, sobre todo, la falta de integración de la inmigración. La desigualdad.

La otra fecha es más evidente. El pasado viernes, pasadas las 22.00, el presidente de la República, Emmanuel Macron, en un crepuscular final de mandato, se enrocó y volvió a nombrar a Sébastien Lecornu como primer ministro. Ocurrió solo cinco días después de haber aceptado su dimisión tras 27 días de mandato. Un absurdo y cruel reflejo del bloqueo, la falta de ideas y la soledad del jefe de Estado, que llegó a convocar a los partidos a la reunión del viernes con un correo electrónico a las dos de la madrugada. La obstinación en Lecornu, su íntimo colaborador, “un soldado”, como él mismo se definió, un candidato a quien rechazaban incluso los miembros de su partido, es también el callejón sin salida al que se ha asomado Francia desde que Macron disolvió la Asamblea y convocó unas elecciones legislativas en julio de 2024 que configuraron el Parlamento más fragmentado de la historia reciente.