A los gazatíes les cuesta identificar sus casas entre las montañas de ruinas en las que se han convertido sus barrios. Enfrentarse a la destrucción de su vida anterior es su nueva realidad
Mohammed Dwahreh tardó dos horas en reconocer su casa. Finalmente, entre las montañas de ruinas, vio unas puertas que tenían el mismo color y forma que las de su hogar y también identificó los restos de algunos muebles. Había llegado a su antiguo barrio, en el norte de Jan Yunis en un carro tirado por burros, sin esperar a que el ejército israelí permitiese oficialmente que los residentes desplazados regresaran a ciertas áreas de Gaza tras el pacto de alto el fuego del pasado jueves.
Lo que apareció ante él en esta zona del sur de la Franja le dejó sin palabras. El paisaje no tenía nada que ver con sus recuerdos, las carreteras se mezclaban con los campos, reventados por las bombas, y los escombros eran tan altos que hubo un momento en que los animales ya no podían seguir, obligando a este gazatí de 48 años terminó su periplo a pie.
“Dios nos basta, Dios nos basta”, se repetía a sí mismo. “Nos destruyeron, destruyeron nuestra patria, nuestras vidas, nuestros hogares, nuestro pasado y nuestro futuro”, solloza Dwahreh, padre de siete hijos, frente a las ruinas de su casa.











