No hay que esperar sentencias para nombrar a las cosas por lo que son
Ojalá la propuesta de paz en marcha desemboque en un final del genocidio israelí aún en marcha contra los palestinos de Gaza. Pese a sus renglones trumpistas torcidos (y el esfuerzo de tragarlos), eso no es imposible. Pero para ello conviene seguir nombrando las cosas por su nombre: un genocidio es un genocidio....
¿Por qué? Porque las causas que originan la propuesta de parar las armas son variadas: la necesidad de Washington de no encerrarse en un aislamiento espartano (incluida el ansia de su jefe por un Nobel); el abrumador reconocimiento del Estado palestino en la ONU; las propuestas de sanciones; las movilizaciones (manifestaciones, apoyos de los cocineros, boicot a eventos deportivos, flotillas…); la evidencia televisiva del exterminio en curso… y su descripción como genocida por el buen periodismo; la intelectualidad, incluyendo grandes Hombres Justos judíos, y un sector de políticos europeos.
Algunos, como Emmanuel Macron, aplazan esa apelación al criterio de los historiadores: pero la historia definió así a la masacre armenia por el Imperio Otomano desde 1915: ¡83 años antes de que lo hiciera la Asamblea Nacional francesa, en 1998! Otros, los conservadores españoles, la paralizan hasta que dictamine la justicia internacional, y así buscan congraciarse con los exterminadores.






