Ocho capítulos de una notable serie que exhibe Netflix en la que se encadenan problemas tras problemas y que, pese a ello, engancha al espectador

La familia ha sido alabada y denostada hasta la saciedad. Imprescindible para algunos y despreciada por otros. Black Rabbit, la serie creada por Zach Baylin y Kate Susman, apuesta decididamente por considerarla una terrible desgracia para el género humano, y para ello se basa en una tóxica relación de dos hermanos, Jude Law y

ura/2017/07/19/television/1500460958_818511.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/cultura/2017/07/19/television/1500460958_818511.html" data-link-track-dtm="">Jason Bateman, que son excelentes actores y productores ejecutivos de la misma, y a la que se suma una actriz que llamándose como se llama, Cleopatra Coleman, no puede por menos que ser exótica y despertar el deseo carnal de los mencionados hermanos.

A la familia y el sexo hay que añadir las drogas y la cocina de altos vuelos, ya que Jude Law es el dueño de un restaurante que anhela el estrellato en la muy competitiva ciudad de Nueva York y que está a punto de conseguirlo gracias al excelente equipo de profesionales que llevan los fogones. “Tout va bien” que diría Godard, hasta que aparece Jason Bateman, un hermano mayor que huye de unos prestamistas peligrosos y que ha sido un desastre desde la infancia. Es un imán para los problemas por su adicción a las drogas y al juego y, al mismo tiempo, despierta un enorme cariño en su hermano menor, consciente de que subvierte lo establecido pero incapaz de abandonarle. Una contradicción condicionada por haber sufrido y compartido una dura infancia con un padre maltratador.