El recorte del ‘rating’ del país vecino refleja disfunciones que no son ajenas a nuestra hacienda

La mejora de la calificación de la deuda española por parte de una de las principales agencias de rating es una buena noticia que contrasta con los aprietos de otros países para contener sus equilibrios presupuestarios, entre ellos nada menos que Estados Unidos y Francia. Es probable que otras agencias ajusten también al alza sus valoraciones en las próximas semanas, pero conviene no perder de vista que estos indicadores mezclan factores transitorios o coyunturales, y tendencias subyacentes, a menudo poco comentadas, que son motivo de preocupación en el caso de España.

Hace tan solo tres años, nuestra deuda pública rondaba el 115% del Producto Interior Bruto (PIB), prácticamente lo mismo que la de Francia, mientras que Italia superaba el 140%, situándose en el punto de mira de los inversores internacionales y, cómo no, de las agencias de rating. Desde entonces la deuda de España ha descendido 12 puntos y la de Italia cinco, mientras que la de Francia sigue igual, con tendencia al alza. Las tornas han cambiado y el péndulo se equilibra a favor de los países “periféricos” del sur, injustamente denostados en el pasado. Ahora bien, el diagnóstico debe ser matizado, no solo porque las agencias proceden con gradualidad: tras la última revisión, Francia y España ostentan la misma calificación.