El reconocimiento del Estado palestino es un paso especialmente simbólico para países tan unidos a Israel como Francia y Reino Unido

Reconocer ahora el Estado palestino, en el momento exacto en que el ejército israelí está diezmando a la población de Gaza y demoliendo lo que queda de su capital, tendrá previsiblemente escaso impacto real sobre el terreno, pero es una inequívoca forma de presión diplomática para que un día se consiga una tregua, sean liberados los rehenes en manos de Hamás y se abra una negociación de paz.

Así lo han entendido los países que se han sumado en las últimas horas a los que —como España en mayo del año pasado— ya habían reconocido a Palestina, hasta sumar 156 de los 193 miembros de la ONU. Lejos de ser una concesión y un premio para Hamás, como pretende la propaganda de Benjamin Netanyahu y Donald Trump, las naciones que se han unido a la oleada diplomática exigen que el grupo terrorista sea apartado de la gobernación de la Franja y ofrecen una fórmula alternativa que conduzca a la convivencia en paz entre israelíes y palestinos, con reconocimiento mutuo y fronteras seguras. Naturalmente, es un plan inaceptable para los extremistas de ambos bandos: los que defienden la destrucción de Israel y la creación de una república islamista entre el Jordán y el Mediterráneo y los que quieren expulsar a los palestinos de Gaza y Cisjordania para conseguir el Gran Israel.