Puedo hacer una larga lista de aspirantes que han paseado sus proyectos de festival en festival, a veces con éxito, pero la mayor parte de las veces sin él

En los festivales de cine se juntan las estrellas y los aspirantes a estrellas. Entre los unos y los otros están los acreditados como industria (productores, distribuidores, y puestos de oficina variados), prensa (desde los medios más conocidos a esforzados blogs o canales de YouTube o Twitch), y por supuesto el séquito de cada película, en cuya densidad poblacional podemos atisbar el presupuesto que tiene la cinta para promoción.

En los márgenes tenemos a los indocumentados que se presentan allí sin una acreditación que colgarse del cuello, mucho más interesantes que todos los que ya tienen su futuro inmediato asegurado. Dentro de esta raza hay varios subtipos, siendo execrable el de los gorrones que solo saludan o escriben para pedir cosas (entradas, teléfonos, invitaciones a fiestas) y que fuera de la temporada de festivales desaparece felizmente de nuestras vidas.

El resto de subtipos tiene en común un impulso de supervivencia que convive con la ilusión de sacar algún proyecto adelante. Son ellos los que acuden a los festivales esperando a que alguien les conozca, les hable, y sobre todo que les escuche. Ahorran todo el año para viajar a ciudades caras en las que dormirán en hostales de siete camas por habitación, alimentándose de bocadillos, y pagando las entradas pertinentes (no sin antes intentar que les caiga algún excedente del subgrupo de acreditados que no pisan las salas).