Cladera, Bestué, Sevilla y Pérez marcharon cuartas hasta que una supersónica alemana las superó en la última recta de una final ganada por las estelares norteamericanas
El relevo corto es la mejor prueba física de cómo un todo puede ser más grande que la suma de sus partes. Elogio de la compenetración, del trabajo, del entendimiento y la razón. Lo que no se puede ganar corriendo se gana cambiando. Y no hay quizás símbolo de la falta de esperanza en los años oscuros, de la frustración, de acostarse soñando con lo que podría haber sido y despertarse comprobando que el sol seguía sin salir, que la caída del testigo en el cambio entre Javier García López y Manolo Carballo en las semifinales del 4x100 en Múnich 72 cuando, a falta de la última recta, España le ganaba al imperio de la velocidad, a Estados Unidos. El sol salió finalmente, y 53 años más tarde, en una tarde de chaparrón y truenos, no hubo mejor demostración de su brillo, y esperanza cumplida, que el quinto puesto del relevo español, el cuarteto de mujeres --Esperança Cladera, de Mallorca; Jaël Bestué, de Barcelona; Paula Sevilla, de La Solana manchega, en su curva, y Maribel Pérez, de Sevilla, con el ancla--, consiguió en la final de Tokio. Quintas como en Oregón hace tres años, cuando irrumpieron por sorpresa las mujeres, tres de las cuatro (solo es nueva Cladera por Sonia Molina), tan tímidas aparentemente en el reino de las gigantes. Y entre ellas se han asentado.






