Es la ironía y la belleza, la grandeza, del deporte más humilde, la carrera a pie, convertida una tarde calurosa y nublada de París en obra magna de ingeniería alrededor de un corazón, el de Faith Kipyegon, una atleta que comenzó corriendo descalza y calza un prototipo de zapatillas que quiere blancas y dejan con la boca abierta por su ligereza y su rebote, y seis clavos afiladísimos en su suela, y viste un traje de TPU, que parece plástico y algo es, con relieve, costuras soldadas, y, en el pecho, un sujetador impreso en 3D con TPU que parece hecho de aire, tan poco pesa, y la rodean 13 atletas, hombres y mujeres, que mientras da cuatro vueltas cronometradas al tartán del estadio de Charléty, crean a su alrededor una zona de bajas presiones para eliminar turbulencias y disminuir la resistencia del aire a su carrera. El césped, cubierto de una moqueta morada con los símbolos de Nike. La pista, azul. Es el apogeo de la era de la conversión del deporte en espectáculo.
Kipyegon debe correr a más de 24,200 kilómetros por hora. Debe alcanzar esa velocidad media durante 3m 59,99s consumiendo la misma energía con la que la corrió a 23,390 por hora para batir el récord convencional de la milla (4m 7,64s). No es mejor atleta que entonces. Hace unas semanas corrió un 1.000m en 2.29, sin mejorar su mejor marca. Sus entrenamientos con Patrick Sang tampoco han sido diferentes a los de los últimos años. La diferencia la debe borrar el ingenio de los científicos del rendimiento. No lo consiguen, se quedan a 6,42s, y se regocijan los puristas. Se quedan solos.












