La forma de correr de Marta Pérez recuerda a la niña que fue. La chiquilla que correteaba por la ribera del Duero, salvando los desniveles, las piedras y que miraba el río de reojo. Ahora se baña en él al final de cada rodaje, su particular sesión de crioterapia, igual que se baña en la olla de Tokio, en el Estadio Nacional, donde cada día los atletas soportan mucho calor y mucha humedad. La soriana, que ya había sido novena en la final olímpica de Tokio, en los 1.500m, volvió a la ciudad que acogió los Juegos de la covid y, después de tres buenas carreras, salió con otra novena posición, esta vez en un Mundial. “Me da rabia quedarme otra vez a las puertas de las plazas de finalista”, dijo la plusmarquista española después de formar la segunda marca nacional de la historia (3m 58,54) en una temporada en la que ha bajado cuatro veces de los cuatro minutos.
Faith Kipyegon también era una niña que corría feliz, sin importarle ir descalza en su pueblo, al sur del valle del Rift. Una niña, la séptima de ocho hermanos, que admiraba a Vivian Cheruiyot como miles de niñas la admiran ahora a ella porque se ha convertido en la mejor mediofondista de todos los tiempos. Los redondeó en Tokio, donde sumó cuatro Mundiales consecutivos en 1.500m, lo que no había hecho nunca una mujer y lo que solo había conseguido Hicham El Guerrouj entre los hombres.









