En Bullas, superar la tradición de los graneles bien pagados y muy demandados exigió vencer inercias acomodaticias y romper prejuicios culturales

En el corazón de la región de Murcia, Bullas ha experimentado una transformación notable. Dedicada hasta hace no mucho a la producción de vinos a granel, esta pequeña y poco conocida denominación ha dado un giro decisivo hacia la calidad. Hace así honor a

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os-mil-anos.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/cultura/2024-06-18/el-vino-mas-antiguo-del-mundo-se-ha-conservado-en-un-sarcofago-romano-en-andalucia-durante-dos-mil-anos.html" data-link-track-dtm="">su largo historial vitivinícola, que se remonta a unos 2.600 años, como demuestran los numerosos hallazgos arqueológicos de origen fenicio en la zona. En época romana, la extensión de los viñedos y la generalización del consumo alcanzaron notoriedad, aunque su mayor expansión tuvo lugar a partir del siglo XVI, vinculada a la actividad de los monasterios.

En 1894 llegó la filoxera a Bullas y arrasó la mayor parte del viñedo, con un fuerte impacto en la economía local y regional, muy dependiente del vino. Al mismo tiempo, la crisis impulsó la adaptación y profesionalización del sector, orientado desde entonces a la elaboración de graneles de monastrell: vinos de intenso color, notable estructura y elevada graduación alcohólica. Un siglo después, en 1994, se creó la Denominación de Origen Protegida (DOP) Bullas, con el enorme desafío de superar la rentabilidad inmediata del granel, muy demandado en mercados europeos, sobre todo en Francia y Alemania, para abrirse al segmento de calidad y conquistar consumidores más exigentes, capaces de valorar adecuadamente sus vinos.