Allá va Jordan Díaz, piernas lujosamente tapeadas de azul, talonando firme, aparentemente, en el pasillo. Allá clava el pie derecho y empieza a elevarse, y allí, en el aire, apenas iniciado el vuelo, aborta el despegue, su cara es dolor y rabia, no salta, corretea hasta el foso de arena hasta frenarse y regresa. Andando cabizbajo...

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, se acerca a la banda derecha de la pista y apoyado en la valla habla con su entrenador, Iván Pedroso, que está sentado en la primera fila de las gradas. La conversación dura 10 minutos. Pedroso no hace ningún gesto técnico, medio pie para atrás, mete cadera y esas cosas de los técnicos de salto. Tampoco se levanta. Escucha y responde sin moverse. Díaz, el mayor talento mundial del triple salto, el más fuerte y el más delicado, más frágil, ensaya la movilidad de la rodilla derecha pedaleando en el aire, se levanta la malla y se palpa el muslo. El cuádriceps, el músculo alrededor del que todo gira. Dolor. Terminada la conversación, sin levantar aún la cabeza, se dirige a un juez y le dice que le borre, que no sigue.

En el banquillo, con desesperante lentitud y tristeza, el campeón olímpico de París 24 se vuelve a enfundar el chándal, se quita los clavos, se calza las zapatillas de paseo y lentamente siempre, apesadumbrado, el espectacular campeón de Europa en Roma en junio pasado, cuando su mejor marca de 18,18m, el mejor salto mundial en los últimos 10 años, abandona la pista y el Mundial sin haber efectuado ni un solo salto en la serie de calificación.