No hay experiencia más reveladora de las debilidades propias y la excelencia ajena que la de un paseo una mañana nubosa de bochorno y húmeda alrededor de la pista sintética del estadio olímpico de Tokio mientras la comparten decenas de los mejores atletas del mundo que en ella quieren pisar, saltar, correr, casi bailar en sus ejercicios de técnica de tobillo y pie, y de contacto con la pista en la que pelearán, y mientras a los mortales hasta les cuesta dar un paso sin sudar, y se sienten paralít...

O suscríbete para leer sin límites

icos, ellos se mueven todos felinos y rápidos, naturales, sin apenas esfuerzo, con la elegancia de la perfección del gesto, y el ritmo. Y eso que solo calientan, se desentumecen, se quejan del jet lag o alaban las virtudes de la melatonina para derrotarlo y recuperar el buen ritmo circadiano.

Cuando empiecen a competir la conciencia de la mediocridad del espectador ya humilde se convertirá sin más en admiración y boca abierta contemplando, por ejemplo, el ballet de velocidad y fuerza de Valarie Allman lanzando a más de 73 metros, a la otra punta del estadio, un disco metálico de un kilo de peso, o a Noah Lyles, y su figura de manga que adorna todas las esquinas de Tokio, un Goku desbocado y volador, adelantando a Letsile Tebogo a más de 36 por hora en los últimos metros de un 200 para vengarse de una derrota en los Juegos de París que acabó con la mascarilla del covid y conseguir su tercer oro mundial consecutivo en la distancia; o apreciando la inteligencia de movimientos, el cambio de velocidad, la certeza de un ataque, de Emmanuel Wanyonyi, Moha Attaoui, Donavan Brazier o Max Burgin en los 800m, o Niels Laros o Cole Hocker en 1.500m, la aristocracia de la pista, que, en la que puede ser la madre de todas las carreras, echará de menos, quizás, a uno de sus dioses, Jakob Ingebrigtsen, que duda tanto como su Aquiles se inflama, y este año, por primera vez en su carrera, no ha competido ni una sola vez al aire libre.