La catalana termina una jornada “muy descafeinada” con opciones de superar sus 6.304 puntos

Tokio respira por primera vez desde la primavera, al fin un día por debajo de los 30 grados, y los aficionados al deporte se reparten entre el Estadio Nacional, el magnífico escenario del Campeonato del Mundo de atletismo, con la firma de Kengo Kuma y madera de las 47 prefecturas de Japón, y el mítico Ryogoku Kokugikan, el Wembley del sumo, que abre sus puertas los meses impares y donde esta semana cerca de 11.000 personas se deleitan con los combates que comienzan por la mañana y alcanzan su punto álgido por la tarde, cuando aparecen, colosales, serios, casi un monumento en sí mismos, los yokozunas Onosato y Hoshoryu. Hacen toda una liturgia, como los pisotones contra la arena para ahuyentar los malos espíritus, o lanzar un puñado de sal sobre el círculo, el dohyo, para protegerse de las lesiones en cuanto se embistan como búfalos. A María Vicente, que acaba el primer día del heptatlón bien encaminada hacia un nuevo récord de España (lo tiene desde 2021 con 6.304 puntos), también le gustaría mantener a raya las lesiones, pero no sabe cómo y sufre todo el verano después de reaparecer tras la rotura del tendón de Aquiles el año pasado.