La izquierda que está a la izquierda de la izquierda coincide a veces peligrosamente con la derecha que está a la derecha de la derecha. Leyéndolos y escuchándolos —a los políticos que llevan la voz cantante y también a quienes, gratis o cobrando, le hacen el juego en los medios y las redes sociales— se llega a la conclusión de que el verdadero objetivo de la política ultra es que salte todo por los aires, lo que no funciona, pero también lo que funciona. Esto, que no te...
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ndría demasiada importancia en tiempos tranquilos, se convierte en un peligro real cuando la izquierda moderada navega con un salvavidas prestado y la derecha que se considera razonable deja de serlo con tal de recuperar el poder lo antes posible y a cualquier precio. Y así estamos, aprovechando cualquier cosa que suceda en el mundo, incluso la tragedia retransmitida en directo de miles de personas indefensas huyendo de sus casas bajo el fuego israelí. Todo vale con tal de ajustarnos nuestras cuentas miserables.
De la derecha que está a la derecha no esperábamos demasiado, y menos ahora que vive en el mejor de sus mundos soñados, donde un simple gesto del presidente de Estados Unidos —avalista imprescindible en la masacre de Gaza— es suficiente para hundir un barco en medio del océano y después zanjar el asunto diciendo que eran narcoterroristas venezolanos extremadamente violentos. Sin pruebas, sin juicios, sin testigos. De las izquierdas —sea cual sea el apellido que se adjudiquen— llama la atención esa rabia mutua que se prodigan. Por un lado, el odio evidente hacia un presidente del Gobierno que no le parecía tan malo cuando Pablo Iglesias era su vicepresidente y tanto Irene Montero como Ione Belarra estaban al frente de sendos ministerios. Y, por el otro, la incapacidad, o la falta de ganas, del propio presidente para tender unos puentes que sigue necesitando.






