PSOE y PP se han lanzado a un enfrentamiento que chirría con el sentir mayoritario de la población

No sé si hay país occidental con más consenso social en torno a Gaza (la inmensa mayoría cree que es un genocidio y debemos actuar contra Netanyahu) y con más disenso político (con los dos grandes partidos acusándose de ser, unos, cómplices del terrorismo y, los otros, del genocidio).

En un bar de Francia, Alemania o Reino Unido sería difícil que la clientela llegara a un acuerdo sobre qué hacer con Israel. Más allá de los Pirineos hay mucha crítica a Netanyahu, pero, por el peso mayor tanto de la historia del Holocausto como de las comunidades judías, hay más división de opiniones.

Por el contrario, no es utópico pensar que, en cualquier bar español, la parroquia, con un poco de tiempo, acordara el término apropiado para la masacre en Gaza (seguramente, genocidio) y unas sanciones (al Ejecutivo israelí, empresas de los asentamientos) y boicots puntuales.

Pero PSOE y PP se han lanzado a un enfrentamiento que no solo chirría con el sentir mayoritario de la población, sino que desafía la lógica política de que los radicales sacuden el árbol y los moderados recogen las nueces. Quienes agitan el debate, con hipérboles catastróficamente desafortunadas, son los representantes del centroderecha, diciendo que el presidente del Gobierno jalea la violencia, las protestas son la kale borroka y el Madrid de la Vuelta fue un nuevo Sarajevo. Y del centroizquierda, acusando a la oposición de ser equidistantes ante la matanza, blanquear o incluso justificar el genocidio. Y quienes recolectarán los frutos serán los extremos, de un lado y del otro.