Mucho antes de que hacerse rico jugando a videojuegos fuese algo concebible, las cifras más mareantes estaban en las máquinas recreativas. Puntuaciones absurdamente altas e inalcanzables que iban acompañadas del nick con el que se identificaran las leyendas locales, jugadores en torno a los que se formaban corrillos a lo largo de eternas partidas, donde los clientes del bar, lejos de enervarse por la espera, se sentían privilegiados viendo esas pantallas del juego a las que ellos nunca llegaban. Al principio del documental Tribute, que se estrenó el pasado jueves en Amazon Prime Video, el director Nacho Vigalondo recuerda a Pindorro, figura casi mitológica a la que, de niño, contemplaba hipnotizado frente a la máquina en la villa cántabra de Cabezón de la Sal, su lugar de nacimiento. Traído al lenguaje actual, bromea el cineasta en el mediometraje, Pindorro fue el primer gamer a cuyo canal se suscribió.

“Cuando consigues recuperar los juegos con un emulador y ves lo increíblemente difíciles que eran, te das cuenta de que esos tíos eran gladiadores fuera de época”, dice Vigalondo, que confiesa a ICON que Pindorro es, en realidad, una mezcla de distintos titanes del arcade que observó en su niñez. Rodado en OXO, el museo del videojuego de Madrid, y producido por Domino’s Pizza, Tribute plantea un recorrido por la historia del medio en nuestro país, desde la llamada edad de oro del software español hasta nuestros días. Lo hace a través de las vivencias del propio Vigalondo, que ha coescrito el guion junto a Rubén Ajaú (Muerte Horrible). “Puede generar un problema para la gente que quiera que el documental tenga una dimensión enciclopédica, pero muchísima gente verá la misma historia que han vivido ellos en el retrato de mí mismo como un jugador más”.