“Se pueden hacer dos tipos de travesías del desierto: con camellos y cantimplora, o sin ellos. Y nosotros no tenemos ni dromedarios ni cantimplora. Vamos a pie y sin agua. Por tanto, alguien habrá que empuje, porque de lo contrario se habría cumplido el pronóstico que se hizo en su momento: que a estas alturas deberíamos estar todos muertos”. Artur Mas exponía, con exceso de carga dramática, la resistencia de CiU en la oposición en un foro de Esade en diciembre de 2009. Acumulaba seis años persiguiendo la presidencia de la Generalitat, en combate pe...

rmanente con el tripartito, y le faltaba uno más para conseguirla. Las metáforas de Mas todavía no eran náuticas, pero para el nacionalismo conservador transmitían la confianza del capitán que divisaba puerto. El duelo por la pérdida del reinado pujolista tocaba a su fin. El momento de Mas acabó llegando en 2010, con más turbulencias de las deseadas: asomaba la crisis y se engendraba el procés, que acabaría dinamitando el mapa político.

El retorno convergente al poder edulcoró el recuerdo nacionalista de los años de intemperie institucional. CiU resistió porque contaba con una bolsa de votos fieles que le permitía ganar elecciones, disponía de heredero del patriarca y las mayorías eran menos costosas. Recordar aquella travesía del desierto es pertinente ahora que, después de una Diada de apatía independentista, se actualiza la pregunta sobre el devenir del soberanismo, falto de horizonte y sin liderazgos renovados. La fuerza numérica en la calle exhibida en el lustro álgido del procés –erróneamente ridiculizada- ha menguado paulatinamente; en el Parlament no existe una mayoría articulable -tampoco la hubo en la pasada legislatura, consumado el divorcio entre ERC y Junts-; e irrumpe por el extremo derecho el peligro de los populismos xenófobos que ya campan en otros lares. No es un panorama alentador ni para independentistas convencidos.