Durante 33 horas, entre el miércoles y el jueves de la semana pasada, el gobernador de Utah rezó por que el asesino del activista ultraconservador Charlie Kirk fuera de otro Estado o extranjero. “Tristemente, esa oración no fue respondida como yo esperaba [...] Sucedió aquí y fue uno de nosotros”, lamentó Spencer Cox, un político republicano que se labró una fama de moderado, en una conferencia de prensa que compartió con el director del FBI. La alusión a la procedencia es un sesgo más que predecible en los Estados Unidos de Donald Trump, pero la súplica fue más allá. El dirigente apelaba al sentimiento de pertenencia, les hablaba a sus votantes de ese territorio del Oeste y al mismo tiempo ...

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se dirigía al subconsciente del estadounidense medio. Ese “uno de nosotros” resonaba como el coro de La parada de los monstruos, una de las primeras películas de terror de Hollywood, que plantea una reflexión sobre la identidad y lo monstruoso.

"For the last 33 hours, I had been praying that this person was from another country. That he was not one of us. But it was one of us." - Utah Governor Spencer Cox pic.twitter.com/3l0BOL7J4A

Las redes sociales siempre son un espejo incompleto de la sociedad, pero en ellas se definen tendencias que afectan a nuestras vidas y el rumbo de la llamada conversación pública. La que se generó tras el asesinato de Kirk, un influencer del movimiento MAGA (Make America Great Again), fue especialmente oscura. El abismo de la violencia política alimentó el pozo dialéctico de la furia y del pastiche ideológico, un torbellino en el que cabe todo. A las especulaciones, falsedades y teorías de la conspiración habituales se sumaron los algoritmos de la gratificación inmediata. El resultado fue un perturbador y deplorable flujo de mensajes de odio y frivolización absoluta del crimen.