La frondosidad del haya funciona como un termómetro que mide la estación: transforma su color hasta quedarse semidesnudo en hojarasca. Pero justo antes, sus llamativos tonos amarillentos, amarronados y rojizos visten de farolillos los bosques de Navarra. Quien los contempla se sumerge en un otoño inolvidable. En la Comunidad Foral, donde concentra el mayor número de espacios naturales protegidos por kilómetro cuadrado de la península, se hospedan estos particulares árboles adaptados a los climas lluviosos, que se extienden más allá de las lindes de la conocida Selva de Irati. Su particular ecosistema ofrece una prometedora escapada a un paraje que trasciende al turismo masivo, con sabores autóctonos, rutas desafiantes o agradables paseos entre mitos y leyendas.
Hay quien lo considera un país en miniatura, porque contiene una amplia diversidad en un pequeño territorio. Hasta cuatro climas y una larga historia de 100.000 años de historia de conquistadores y conquistados, han fraguado una tierra de contrastes culturales, gastronómicos y paisajísticos. Las zonas verdes han llevado a Navarra a la cima de la calidad de vida en España desde hace 15 años, según publicó el Instituto Nacional de Estadística (INE) en 2024. Además de ser la segunda comunidad con menor concentración de partículas contaminantes, contiene parajes naturales heterogéneos que cuesta resumir en un texto: valles, foces —gargantas excavadas por ríos—, cascadas, cuevas pirenaicas, campos de cereal, lagunas, viñedos de la Zona Media y la llanura de sus huertas o el paisaje desértico más septentrional de Europa, las Bardenas Reales.







